Ing. Joel H. Velasco Molina
Profesor Emérito del Tec de Monterrey
Asesor Técnico de GEMEX
De tiempo atrás, estaremos de acuerdo estimados lectores, la palabra “Estrés”, y la temática que ésta engloba, se ha vuelto común y corriente en charlas cotidianas. No hay reunión en la que alguien, una damita para ejemplificar, se queje amargamente de que se halla severamente estresada.
Seguro es que no se precisa ser un Facultativo (Galeno), sino solamente entender un poco de fisiología, para explicar que nuestra estresada dama, tras haber estado atrapada sin salida (por así decirlo), en un embotellamiento de tráfico por varias horas, estuvo bombardeada por un buen número de factores estresantes, entre ellos: fuertes emisiones de gases tóxicos (monóxido de carbono por citar uno); una alza en su temperatura corporal a resultas de no funcionar el clima de su carro; altos decibeles de ruido producto del claxon de cientos de vehículos y voces altisonantes alusivas a la señora progenitora de no sé de quién, y pensamientos angustiosos por saber que no llegará a tiempo a la escuela, donde sus vástagos desesperados y hambrientos la esperan desde hace un rato.
Todos estos “factores estresantes” (Tensores), pues, que tienden a variar la tendencia al equilibrio o estabilidad orgánica han sido, sin duda alguna, los causantes del “Estrés” de nuestra agobiada damita, aprehendida en el congestionamiento vehicular.
Mas, ¿Conocemos realmente cuál es el significado del vocablo Estrés?, ¿Cómo se estresan los vacunos?, y, lo que debe ser de nuestro mayor interés, ¿Cuál es el resultado del estrés en el rendimiento productivo y conductual de los animales? y ¿Cómo darnos cuenta de su estado de estrés?.
Vayamos por partes: primero, apegándome a literatura veterinaria, para estar a tono y entrar de lleno en materia de este artículo, transcribiré textualmente dos definiciones de Estrés:
Ahora bien, para contestar a esta pregunta, pensemos por un momento que los animales de granja, desde el momento mismo en que fueron domesticados (10,000 años A.C.), principiaron a estar bajo Estrés. Sin embargo, el grado en que lo estaban — en aquel lejano entonces — no pudo ser muy diferente que aquel que experimentaban en su estado salvaje. Pero de aquellos remotos tiempos a la fecha, las cosas se han tornado por demás distintas; simplemente meditemos en lo que hace a la producción de leche de las vacas: las primitivas vacas seguramente sólo daban la leche que sus crías requerían para sobrevivir. Hoy en día, en cambio, no es raro ver cómo a las vacas se les ordeña 3 y hasta 4 veces al día, 50, 60 o más litros de leche. Implica ello, necesariamente, de entrada, el estrés metabólico de la secreción láctea; amén del estrés que se le ocasiona el tener que ir a la sala de ordeñe 2, 3 o 4 veces al día; muchas veces— por desgracia — siendo arriadas a gritos y a sombrerazos por pisos agresivos (lacerantes) y bajo un ambiente por demás caluroso o gélido.
Pues bien, llegado a este punto ya han sido señalados, de pasadita, varios tipos de factores estresantes: 1) el metabólico (la producción de la leche), 2) el social (la interrelación en los animales y con el humano), y 3) el agravio físico (daño en pezuñas y exposición térmica extrema).
De manera bosquejada, por ahorro de espacio, enfaticemos que las becerras, las vaquillas y las vacas pueden estar expuestas, en mayor o menor grado, a la interacción de muy diversos tipos de estrés (ver al final esquema de Ishikawa).
Vale la pena señalar que al hablar de rendimiento productivo, por supuesto que se está haciendo alusión, en este caso, a: 1. La curva de crecimiento de los reemplazos lecheros, 2. El proceso reproductivo de los animales, y 3. La lactancia (por citar algunos), en tratándose de los vacunos de aptitud lechera.
Pues bien, sobre estos procesos productivos incide evidentemente el Estrés, manifestándose en cambios fisiológicos y conductuales en el animal. Baste con señalar seguidamente, a guisa de ejemplo, eventos por todos conocidos, que nos hablan de las consecuencias del estrés.
De entrada cobra sentido aclarar, que involucra este tema todas aquellas relaciones que se dan entre los animales, y de éstos con la gente. Para tratar este punto del estrés social de los vacunos lecheros, considero que vale la pena adoptar una postura antropocéntrica; esto es: proyectar sobre el animal nuestra manera de ver humana; en otras palabras ponernos un poco en las pezuñas de las becerras, las vaquillas y las vacas. Luego entonces, debemos pensar que el ser vivo sólo podrá prosperar si se encuentra en un medio social adecuado, equilibrado a la vez en cantidad (ni demasiados animales ni aislamiento) y en calidad: confort, espacios, ventilación, coexistencia con animales semejante edad y/o número de parto; y una convivencia con humanos que se comporten verdaderamente como humanos.
Se ha dicho — y no sin razón — que no importa cuáles construcciones y tecnología sean empleadas en el manejo de un hato, si no es cubierto el complemento de “cómo se dan las relaciones entre ese hato y quienes lo manejan”.
El A B C, pues, de un manejo que tenga por meta el bienestar de los animales, podría ser…
Asegurarse de que los animales no sean tratados con golpes, gritos e insultos, y silbidos.
Buscar, por tanto, un perfil ad hoc de los encargados (o encargadas) del manejo del hato, y
Consistencia en los quehaceres de cada día; esto es, evitar al máximo los cambios en el personal en tales quehaceres. Recuerde que los animales se acostumbran con las personas.
Se habló de que tras la acción de un “tensor” era dable una reacción expresada en cambios fisiológicos y de rendimiento en los animales; y sobre dichos cambios es factible (y muy aconsejable) hacer una auditoria de “el estrés animal”, con base en algunas observaciones directas e indirectas, a saber:
Valoración directa:
Valoración indirecta:
Como colofón: se puede concluir que habida cuenta del impacto que el estrés tiene en la producción animal es a todas luces redituable auditarlo y, por su puesto, buscar las formas más económicas de evitarlo o, al menos, amortiguarlo. Seguidamente se presenta el Esquema del Estrés en Vacunos Lecheros.
Literatura consultada