Ing. Agr. Joel H Velasco Molina
Asesor Técnico de GEMEX
Profesor Emérito del Tecnológico de Monterrey
Antes de que una becerra de su primer respiro, su futuro ya se está forjando.
Las investigaciones demuestran que la alimentación de una vaca y el estrés que experimenta durante la gestación, pueden tener un impacto duradero en el desarrollo de su becerra.
Desde el crecimiento muscular y la acumulación de grasa, hasta la fortaleza inmunológica y la futura producción de leche, el entorno prenatal en el que se desarrolla una becerra juega un papel importante en su salud a largo plazo.
Las decisiones nutricionales que tomamos para la madre no solo la afectan a ella, sino que impactan directamente en la becerra que gesta, afirma Billy Brown, especialista en extensión de la Universidad Estatal de Kansas. “Ahora entendemos que la alimentación y el manejo de las vacas durante la gestación, es una de las herramientas más poderosas que tenemos para influir en el rendimiento de la siguiente generación”.
Brown señala una creciente evidencia que sugiere que el ambiente intrauterino, especialmente durante la mitad y el final de la gestación, desempeña un papel fundamental en la formación de sistemas clave del feto en desarrollo.
“A mitad de la gestación, el feto está formando tejido muscular. Luego, durante la última etapa de la gestación y las primeras etapas de la vida después del nacimiento, comienza la deposición de tejido adiposo”, explica Brown. “Por tanto, dependiendo de cuándo proporcionamos nutrición o experimentamos estrés ambiental, podemos influir en el desarrollo de esos tejidos”.
Señala que estos impactos en las primeras etapas de la vida pueden afectar el crecimiento, la eficiencia alimenticia, la resistencia a enfermedades e incluso la producción de leche en futuras lactancias. “Lo hemos observado claramente en el ganado vacuno para carne y también se está volviendo más evidente en las becerras lecheras”, afirma.
Si bien no es ningún secreto que una buena alimentación de la vaca seca beneficia su salud y rendimiento, las investigaciones demuestran que ciertos nutrimentos, al final de la gestación, pueden beneficiar directamente a la becerra que lleva dentro.
La metionina es un excelente ejemplo", afirma Bethany Dado-Senn, especialista técnica en becerras y vaquillas de Vita Plus. Muchos productores ya suministran metionina con protección ruminal, para favorecer la síntesis de proteína láctea, el rendimiento reproductivo y el metabolismo general. Pero si la incluimos en la dieta de la vaca seca, sabemos que la becerra también se beneficia. Según Dado-Senn, las becerras nacidos de madres suplementadas con metionina, muestran un mejor crecimiento, eficiencia alimentaria y metabolismo energético. A nivel celular, también presentan un mejor desarrollo intestinal y metilación del ADN, lo que puede ayudarles a tolerar mejor las condiciones de estrés. “Por ejemplo, si una madre está expuesta a estrés térmico, pero también recibe metionina, es probable que su becerra tenga una mejor regulación térmica y un mejor crecimiento posnatal”, explica.
Añade que la colina protegida ruminal (CPR) ofrece beneficios casi idénticos. Si bien tradicionalmente se administra para mejorar el metabolismo de las vacas en transición y reducir el hígado graso, nuevas investigaciones demuestran que también podría beneficiar a la siguiente generación. “Observamos un mejor crecimiento de las becerras, una mayor eficiencia alimenticia y cambios en los metabolitos circulantes”, afirma Dado-Senn. “En un estudio, los becerros para carne nacidos de madres suplementadas con colina, tuvieron pesos al destete significativamente mayores”.
“Un estudio descubrió que la colina protegida ruminal casi duplicó la producción de calostro”, señala. “Esto necesita mayor validación, pero todos sabemos la gran diferencia que pueden suponer uno o dos litros adicionales de calostro”.
Brown añade que, desde el punto de vista económico en la explotación, merece la pena analizar estos aditivos con más detalle. “En nuestra lechería de K-State, el RPC cuesta alrededor de 36 centavos (dólares) por vaca al día”, dice. “Lo alimentamos durante unas tres semanas antes del parto, lo que representa una inversión de aproximadamente 7.50 dólares. Y estamos observando no solo una mejor leche con corrección energética, sino también resultados interesantes en las becerras”.
También se están evaluando otras estrategias de ración para vacas secas, como la alimentación directa con microbios o el manejo de la diferencia de cationes y aniones en la dieta (DCAD), por sus beneficios materno-fetales. Por ejemplo, la alimentación prolongada con dietas con DCAD más negativas podría favorecer la programación metabólica temprana y un mejor crecimiento de las becerras.
El estrés ambiental durante la gestación también puede dejar una huella duradera. Si bien la mayoría de los productores de leche consideran el estrés por calor como una pérdida de leche, el impacto en la becerra nonata puede ser igual de perjudicial.
Las becerras nacidas de madres con estrés por calor suelen ser más pequeños, tienen sistemas inmunitarios menos desarrollados y les cuesta lograr la transferencia pasiva, afirma Brown. "Son más propensas a abandonar el hato prematuramente y, si llegan a la línea de ordeño, producen menos leche a lo largo de su vida.
Brown señala que una investigación de la Universidad de Wisconsin, dirigida por Jimena Laporta, descubrió que enfriar a las vacas secas puede añadir entre 2 y 6 kg de leche al día, durante las tres primeras lactancias de una hija. Además, esas hijas permanecieron en el hato casi 300 días más, en promedio.
Eso equivale prácticamente a una lactancia completa añadida con solo enfriar a la vaca seca, afirma Brown.
La relación entre la salud de la madre y la resiliencia de las becerras se hace más evidente con cada estudio. Dado-Senn, afirma que un aumento de la inflamación o el estrés oxidativo en la madre durante el periparto, puede resultar en becerras con menor peso al nacer, mayores marcadores de estrés e inflamación, y un mayor riesgo de morbilidad o mortalidad.
Lo observamos en la investigación, pero también en las lecherías, afirma.
Las becerras nacidas de vacas en transición que presentaron problemas como mastitis, metritis o cetosis, tienen mayor probabilidad de ser tratados varias veces o de presentar casos graves de diarrea. Incluso cuando las vacas no muestran signos clínicos, la inflamación subclínica puede afectar a la becerra. Por ejemplo, las vacas que se secaron con un recuento alto de células somáticas (RCS), producen calostro con un RCS más alto y niveles más bajos de inmunoglobulina, pero los estudios sugieren que hay más en juego.
En un estudio, los investigadores alimentaron calostro de vacas con alto RCS a becerras no emparentadas y no observaron diferencias en las proteínas
séricas, explica Dado-Senn. Pero cuando las becerras nacieron de vacas con alto recuento de células somáticas (RCS), su capacidad para absorber inmunoglobulinas fue menor, incluso al ser alimentadas con calostro de buena calidad. Esto indica una señal biológica, una comunicación intrauterina, que ya está moldeando el sistema inmunitario de la becerra antes de nacer.
Si bien los datos siguen destacando la profunda influencia de la nutrición y el estrés maternos, Brown recuerda a los productores, que deben equilibrar la innovación con la economía.
Si nos basamos en el papel, muchas de estas prácticas, ya sea enfriar a las vacas o suplementar con metionina y colina, comienzan a parecer inversiones inteligentes a largo plazo, afirma.
No solo son buenas para la vaca, sino también para la becerra y para la sostenibilidad del hato en general